Sagnitell’ e Ceci-Festa di Sant’Antonio

 

Cada 12 de junio, en la víspera de la celebración de San Antonio de Petrella Tifernina, Molise, se encienden 13 fuegos distribuidos en los distintos vecindarios
(no es la primera vez que me refiero a esta festividad, que me fascina).

Contiguamente a cada fogata se tienden largas mesas donde los vecinos se reúnen para compartir la clásica cena de sagnitelle e ceci, una pasta hecha a mano cocida en ollas gigantes y servida con garbanzos, aceite de oliva –rigurosamente del lugar- y aromas de hierbas.

Pero además en las mesas aparecen sopressate, quesos, panes (ofrendados a San Antonio), frutas de estación, (que para el caso son cerezas, melón, sandía), tortas y vino.

También he visto otros platos fuera de programa circulando, como por ejemplo, cotechino e fagioli, un fiambre de piel de cerdo cocido con porotos.

En cada fogón se alista un altar dedicado al Santo, con manteles bordados, imágenes y velas.
Mi impresión es que San Antonio es la excusa para este encuentro y que queda relegado a un segundo plano. Todo parece estar concentrado en el fuego y en la comida, como si se tratase de un rito atávico, muy anterior al Cristianismo. Al menos, ésa es la sensación que me queda impregnada cada año, ya sea que asista, o vea las imágenes que me envían mis afectos desde el lugar.

Este video fue filmado el año pasado por mi prima Cecilia, quien justo ese día había llegado desde Inglaterra para mostrarle a su esposo y a su hijito el pueblo natal de su madre.

Si bien ni bien llegó, fue invitada a la cena, Cecilia ignoraba las connotaciones de esta celebración y apareció sorpresivamente justo en el momento tensísimo en el que Rita estaba en el punto peligroso y delicado de escurrir la pasta. Rita, casualmente o no, había sido amiguita de la infancia de su madre. Rita y Cecilia se habían cruzado fortuitamente esa misma tarde por las calles del borgo storico y vaya a saber uno cómo, terminaron sabiendo ambas y con gran emoción quiénes eran.

Esa noche, mi prima tuvo el extraordinario reflejo de encender la cámara ni bien se encontró con esta escena y captó este instante al cual, para mi gusto, no le falta ningún ingrediente y no me canso de volver a ver una y otra vez.
Los nervios, discusiones, las críticas entre las mujeres.
La mesa tendida,
los hombres tranquilamente sentados aguardando la llegada de los platos,
las brasas ardiendo,
el cielo azul oscuro en el fondo,
el Santo en su altar, presente y fuera al mismo tiempo.

Pallote cacio e uova

Petrella‘Los obstáculos son esas cosas espantosas que ves cuando te apartas de la meta’
Henry Ford

En cuanto supe que el precio aproximado de La Casa  era increíblemente accesible incluso para mí exigua disponibilidad, ahí me empecé a dar manija en forma acelerada; no podía parar mi cabeza ni mucho menos mi corazón.

La casa en cuestión era la mitad de la enorme antigua casona de mi bisabuelo en Petrella, donde nació mi madre. El pueblo se encuentra a 11.000 km de mi actual residencia, pero en el transcurso de mi vida fui siempre de tanto en tanto a ver a la parte de la familia que quedó de ese lado.

Para obtener la propiedad, había escollos que ya sabía tendría que sortear, y que en cualquier otro momento de mi vida habría esquivado, pero en esa ocasión en que la Casa se había impuesto como una meta, nada temía.

El cuco mayor era una probable resistencia por parte los dueños herederos (hermano y primo de mi madre respectivamente).
No era para mí cosa fácil encarar la cuestión. Entre ellos había cierta tirantez, fruto quizás de la forzada gestión estéril que muchas veces comporta una herencia compartida.
Del tema no se hablaba en la familia, o no se hablaba de frente.
Nadie sabía bien qué pasaba, pero la casa, incluso estando apta para quedarse en ella, al menos durante el verano, ya hacía años que no era usada por los tantos descendientes dispersos por el mundo (Roma, Lucca, Los Angeles, Londres, Buenos Aires…).
Nadie se animaba a pedirla prestada.

Cada vez que iba yo, la visitaba a hurtadillas, como una clandestina, porque se podía entrar desde la otra parte dividida de la misma casa, que da al frente y donde vive mi otro tío, Peppi.
En los últimos años había quedado sumida en el vacío, en la deshabitación y en la inexcusable depreciación de su belleza. Mi madre diría “cuál belleza?”, pero a mí cada vez me enamoró, aunque en ningún momento hasta ese entonces se me había cruzado por la mente la idea de hacerla mía.

Así las cosas, tenía ante todo que manifestar mi intenciones. Intenté escudarme en la mediación indulgente y parcial de Zio Peppi, el que vive adelante, pero se lavó las manos:
“esto tenés que hablarlo vos con ellos directamente”, me dijo tajante.
Sin embargo, mientras me decía eso mismo y mientras yo juntaba coraje, su ansiedad pudo más, adelantó a los otros tíos mi propósito y para su sorpresa y la mía, ambos dueños respondieron que estaban dispuestos a venderla.

La obvia realidad era que no veían la hora de sacársela de encima, porque por lo demás era invendible, cómo no se me había ocurrido antes?

Una vez llegada a Roma, en ese viaje relámpago salido de una galera, y días antes de ir hacia Petrella, la llamé por teléfono a mi tía, esposa del dueño, en cuya casa me alojaba cada vez que iba:

‘Zia, devi scusarmi, ma questa volta non mi fermerò a casa vostra. Voglio restare da Zio Peppi perché ho tanto da parlare con lui; anche se non ha posto, ci arrangeremo’.
‘Tía, te pido disculpas, pero esta vez no voy a parar en casa de ustedes. Quiero qudarme con Zio Peppi porque tengo tanto para hablar con él. Nos vamos a arreglar aunque él no tenga comodidades’.
Mentira, lo que quería era parar en lo del tío Peppi porque atrás de su casa estaba mi futura casa, y en definitiva era ahí donde dormiría, y ella lo sabía bien.

La respuesta fue un frío ‘ta vide tu, so cose tié’. Manejate, son cosas tuyas.
Primer trago amargo, pero no me iban a hacer desistir.

Llegué en tren a Campobasso, a 20 km de Petrella.
El tío propietario vino a buscarme. Me recibió como molesto, distante.
No me animé durante el trayecto a expresarle mi proyecto, que él ya conocía. Hablamos de nimiedades: cómo están todos por acá? Cómo anda tal y cual por allá?.. la nuestra es una familia partida al medio por el Océano, como millones de otras.

Me dejó en la puerta delantera de la Antigua Casa. Bajó mis valijas y sin entrar se fue.

Su desdén me importó poco, por no decir nada. Lo urgente era entrar a casa de Peppi, abrazarlo, y desde ahí pasar sin más protocolos a la casa de atrás: tenía que verla inmediatamente, tenía que saber qué sentía en ella, porque corría el riesgo de estar enamorada de una ilusión. Pero los interiores de las casas no mienten. Más allá de lo que exhiben sus apariencias, no tienen la capacidad de ser hipócritas. Revelan su abrazo, su agobio o su repulsión ni bien uno está dentro.
Ante esta certeza, temí por lo que la casa sentenciara ante mi presencia.
Corrí hacia su interior, Zio Peppi seguía mis pasos.
Una vez ahí no hubo dudas. Era ya mía, o yo de ella.
Todo lo demás iba a ser un simple trámite que ya estaba barajado en los planos invisibles del destino.

Salí envalentonada a reencontrar a mi tío-dueño a su casa. Había salido, estaba mi tía, su esposa. Tanto mejor.

‘Tía: yo querría, me gustaría… quiero comprarles la casa’.

‘… pero en qué te vas a meter? esa casa no es una inversión, es un dinero que nunca vas a recuperar. Te queda lejos: estás segura de lo que vas a hacer? Qué vas a hacer en este pueblo? Cuándo vas a venir a verla?’.

Sus palabras no carecían de lógica, ni de cariño. Eran sensatas.

Volví poco más tarde y encontré a mi tío. Se le había pasado el enojo y con afecto de tío, él también me dijo que era una locura. Le aseguré que no.

A la mañana siguiente fui a hablar con el otro dueño, su primo. De él recibí las mismas palabras de cuidado de tíos preocupados por una sobrina excéntrica que del otro lado del mundo llegaba para hacer una operación inmobiliaria descabellada, pero también estaba contento de que esa casa quedase en la familia, con alguien de su sangre, con quien la valorase.
Sus hijos, supe después, también habían fantaseado en algún momento con ella, pero pocos se quedan a vivir en Petrella, y de esos pocos, nadie elige vivir en el Borgo Storico. Lo ven incómodo, limitado en el confort; esas casas son estructuras antiquísimas y tortuosas que no responden a los cánones de funcionalidad modernos. Justamente todo eso es lo más fascinante que tiene la casa y no veo se riña con la comodidad, excepto por algunas limitaciones que no son otra cosa más que baluartes de su hermosura.

Bien.
Pero había mucho para hacer y pocos días disponibles.
Encontrar un escribano, buscar un perito que labrase un informe de categorización energética, buscar viejos documentos, certificar y pagar la propiedad con un dinero con el que contaba pero que no tenía tan fácilmente disponible…

Todos nos pusimos en marcha, sincronizados, para concretar la operación dentro de los escasos 20 días de mi estadía.

Con la consigna clara, tuvimos que ir a Campobasso repetidas veces sendos propietarios, mi tío Peppi (quien no quería quedar afuera) y yo.
El ambiente a bordo del Fiat Panda era pesado.
Los 20 km de viaje lento se hacían interminables, densos, de films infumable.

‘L’et’ cot’ aguliv’?’
‘Cosecharon la oliva?’
(silencio)
(silencio)
(curva)
(contracurva)
‘Non, eguann’ na c’gliem’, nen ghe bonae’
‘No, este año no la vamos a recolectar, no es buena’
(kilómetros)
(recta, curva, contracurva)
‘E no, n’n val’a pen’’
‘Y no, no vale la pena’
Fin de la conversación de todo el trayecto.

Llegamos, cumplimentamos con éxito el trámite previsto y encaramos el (largo) viaje de vuelta. Se hizo un poco más ameno, se habrán cruzado cuatro o cinco frases más. Yo me sentía nerviosamente  feliz.

Cuando las campanas dieron la una y media, llegamos al pueblo.
Mi tía nos esperaba sentada en el banco de plaza dispuesto frente a la puerta de su casa; el primo propietario la saludó y se fue.

En el comedor-cocina estaba dispuesta la mesa sencilla con mantel de algodón blanco, la pagnotta, una sopressata rebanada, el vino clarete, hecho por mi tío, y una jarra de agua.
Nos sentamos a comer.

Desde la olla, sobre el fuego, una espiral de humo nos envolvió con tal aroma a sopa que en un respiro disolvió todas las tensiones y presiones de esos días.
Como flotantes en el caldo dorado de cada plato que mi tía iba trayendo a la mesa, unas albóndigas redondas y amarillentas, i pellott’casci’e ov, me parecieron una aglomeración de emoticones sonrientes, aunque sin su estúpida vacuidad: éstos tenían vida, eran la promesa materializada de que todo iba a estar bien, o mejor dicho la afirmación plena que todo era perfecto en ese preciso momento.
La verdadera meta es el camino.

Pallotte cacio e uova
pellott’casc’e ov’
pelotas de queso y huevo
DSC06212Estas albóndigas tradicionales del Molise no tienen más que queso y huevo, a lo sumo un poco de perejil picado.
Se aprovechan restos de quesos varios, materia prima que en Italia es siempre excelente, abundante y accesible.
No hay chance de que salgan mal o que se abran durante la cocción. No fallan.

Ingredientes, para cuatro porciones
250 gr de queso rallado
2 huevos
perejil picado

Caldo (vegetal, o de carne, pero hecho en casa)

Hacer un empaste con el queso, los huevos y el perejil.
No salar; si se desea, agregar pimienta.
Cuando el caldo hierva, armar las pelotas del tamaño deseado y arrojar al caldo.
Cocinar durante algunos minutos; como no tiene harina, en poco tiempo ya están.

Parte del suero y de los aceites del queso se desprenden durante esa breve cocción confiriéndole al caldo una salinidad y casi imperceptible cremosidad deliciosas.

Servir en plato hondo el caldo y dentro de él algunas pelotas.
No abusar de la cantidad porque es queso estacionado puro, o sea unas mini bombas.
Eso que esta forma de hacerlo, propia del Molise, es suave: en Abbruzzo antes de colocar las bolas en el caldo las pasan por fritura.

También se usa servirlas con salsa de tomate o estofado, cual si fuesen ñoquis.

Pasta e fave

Pasta e fave.JPGNo es cuestión de decir voy y vengo a comprar a un poco de pan. En Petrella esa simple operación ejecutable a escasos 200 metros escaleras abajo de casa puede llevar una hora o, quién sabe cuánto más. Con suerte uno se cruza con 5 o 6 personas desconocidas, basta un buon giorno o buona sera y se sigue de largo, pero a medida que te volvés conocido en la comunidad, es preciso detenerse, saludarse, intercambiar unas palabras y casi siempre ser sometido a indagatoria, “cuándo volviste?, cúanto te quedás?, cómo está la familia…”, “Ganne nu mumend e’tuoll’u kefé”, veníte un rato a tomar un café.

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Mercado del viernes de Petrella (Foto: Daniel Ganum)

Ahora, supongamos que venís de vacaciones y te alquilás una casa como un imperfecto forastero (para ser perfecto foráneo habría que llegar de incógnito, caer de la nada, pero desde el momento del convenio del alquiler, ya algún lugareño necesariamente sabrá de tu presencia). Presumamos que salís con tu bolsita a comprar provisiones. Ahí sí, nadie te va a detener, pero en esos 15 minutos o media hora del ida y vuelta, todos los ojos se posarán sobre vos.

“ ¿Quién es éste/a?” Y lo más probable es que en tus propias narices murmuren las conjeturas más ocurrentes acerca de tu origen y filiación. “Vino de América”, “No, vino de la Argentina” (no, Argentina no pertenece a América en ese imaginario popular).
Quizás alguien haya oído algo acerca de tu locatador y de ahí deduzca:
“Este se alquiló la casa de aquél, se vino por 15 días. Vino con la esposa; los hijos no quisieron venir”
“Yo sé que vino con la amante, la esposa quedó en la casa con los hijos”
“Pero quienes son sus parientes?”
“No, no tiene parientes”
“Y entonces cómo vino a parar ACÁ?”.

Te volvés a tu refugio con una pagnotta, una ventricina affettata, ricotta tibia, recién elaborada, un kilo de habas de estación y el peso de 99 ojos interrogadores encima (50 almas, menos el ojo de un tuerto).
Ahh pero el halo de misterio que dejás a tus espaldas es lo que vale. A medida que pasan los días, ocasionalmente vas trabando vínculos: con el quesero, con el de la fiambrería, con la panadera, con el barman, con los vagos que sin más que hacer se la pasan en la plaza, y en 10 días sos uno más.

Aunque se haya hecho tarde, en Petrella en menos de una hora podemos tener nuestra pasta con habas servida en la mesa. Eso no sería posible en Buenos Aires:

Las habas que consigo en Buenos Aires me obligan a pelarlas, y no me refiero al hecho de que deban ser extraídas de la vaina, sino que es preciso tomarlas una por una y eliminar la membrana externa con un cuchillo, caso contrario no estarán cocida ni tras 2 horas de hervor.

Para facilitar un poco la tarea, lo que hago es tomar el haba y cortarla transversalmente con el cuchillo. Una vez partida al medio, la cutícula se extrae mejor.

En Italia ese paso no es necesario, se pueden comer directamente crudas, aderezadas sólo con un poco de sal o acompañadas con mortadela o salame.

Las habas, como las zanahorias, las papas, chauchas, tomates, zapallos y la verdura y fruta que se les ocurran, no son las mismas allá que donde vivo, en Buenos Aires. La diferencia es cualitativa.
En Italia, y sobre todo en los pequeños pueblos, se sigue produciendo en función de calidad, mientras que los insumos que llegan a Buenos Aires se conciben en función del rendimiento.
¿Hay una variedad de papa resistente a los bichos y de rápido crecimiento? Adelante, a producir ésa, que da dinero; no importa que después sea medio amarga y áspera. Eso comemos.

Pasta e fave
Acá o allá, yo las hago como me enseñó mi mamá, con pasta corta.

En este videíto, ella misma lo explica.

Si estamos en Argentina, pelar las habas.(Si estamos en Italia, basta con desenvainarlas.

Rehogar una cebolla picada junto con un ajo, también picado o partido en 2 para después retirarlo).
Dentro echar las habas, rehogar también, salar, y si es necesario agregar agua caliente hasta que estén cocidas (de 15’ a 20’).

Mientras tanto, hervir la pasta, y cuando esté casi al dente, mezclar en la cacerola con la verdura y sartenear un par de minutos hasta que los fideos obtengan su punto.
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Las habas son perfectas compañeras de embutidos: prueben cocinarlas con un choricito o con panceta o con salame, incluso para esta misma pasta.

Y como le decía hace unos días a mis amigas, mientras pelo habas me encanta escuchar a canciones de Abba