El desvío. Viaje inesperado al corazón de la Basilicata (2)

Blood is thicker than water

Francesco Antonio Vito Roseto
Nos levantamos temprano y sin despertador. Ése era el día.
8:30 habíamos bajado las escaleras de casa y las de enfrente de la calle y entramos al registro civil de la municipalidad.
Una empleada austeramente seria nos atendió.
“Venimos de Argentina. Estamos buscando datos sobre Francesco Roseto, nacido en Terranova di Pollino el 8 de enero de 1903”.

La respuesta que nos devolvió la mujer fue tan tajante como asombrosa:

“Sí, sé a quién están buscando, sé de quién se trata”.

“… pero no, cómo haría Ud. para saberlo? No puede ser!, no puede ser!!”

“Francesco Antonio Vito Roseto. Tuve su expediente en mis manos no hace mucho.
Sé quién es”.

Las misteriosas razones por las que esta mujer ya lo sabía todo… no me es dado revelarlo.
Verdad es que en menos de un minuto se fue y reapareció ante nuestros ojos atónitos con el acta de nacimiento en sus manos.
Sacudía el expediente, irritada.
“Ustedes, los argentinos, tramitan ciudadanía a distancia, sin siquiera conocer dónde nacieron sus antepasados, sin ningún vínculo con Italia, más que la ambición del salvoconducto que les permite un montón de prerrogativas. Y para colmo ejercen derecho al voto, que implica un gasto estatal ingente!, para votar a quién??? Si desconocen la realidad en la que estamos sumidos!”.

Se despachó con todo. Se ve que tenía estos pensamientos atragantados y caímos justo.
Bibi y yo nos miramos y al unísono le dimos la razón.
Nuestra visión era la misma.
Pero todo su discurso sonaba como desde otro lugar…  es que estábamos pasmadas, no había rescate posible de nuestro asombro. No podíamos entender que lo que habíamos ido a buscar estaba ahí, listo, solamente aguardando nuestra llegada. Como si todo hubiese estado concertado, arreglado hasta en el más mínimo detalle. Era bastante inverosímil. Todo.

A la partida de nacimiento no le faltaba nada: constaba que el bisabuelo de Bibi era mucho mayor su esposa (pero eso Alba ya lo sabía), que era propietario de inmuebles (también lo sabía), y figuraba la dirección de la casa donde Francesco había nacido, un dato precioso, porque Alba nos había dado la clave que la casa paterna era de tres pisos y de piedra… igual que la mayoría del resto de las otras casas viejas..

La empleada, quizás conmovida al percibir nuestra propia conmoción, nos dijo, más calma:
“Si quieren, vénganse a las 6 de la tarde, que cuando salgo las acompaño a ver la casa”.

“Pero no, vamos a querer ir ya mismo a verla, no se preocupe”.

“No les va a resultar tan fácil encontrarla”.

“Vamos a intentarlo! Tenemos todo el día para dar vueltas y buscar!”.

Salimos de ahí agradecidas y completamente estupefactas.
Quedamos con la mandíbula caída, sin remedio, borrachas de incredulidad.

Nos fuimos a la florería-verdulería, Bibi eligió una orquídea que hizo envolver como obsequio y juntas la llevamos al Municipio.

Gina, que así se llamaba nuestro ángel, no quería aceptarla, pero pidió que la dejásemos sobre un escritorio, porque estaba ocupada. La expresión de su mirada, ya era otra.

La casa natal de Francesco Antonio Vito Roseto
Salimos de nuevo, directamente en busca de la casa natal.  Via Margherita 2. Tan difícil no podía ser al fin y al cabo, pero le preguntamos a Waze y se mareó. Le preguntamos a Google Maps, y nos condujo hacia un sector, pero después no daba y no daba en el punto.
A todo esto, estábamos en la parte alta del pueblo, en medio de esas callejuelas retorcidas y en pendiente, donde se entrecruzan y es un bardo. Íbamos y volvíamos sobre nuestros pasos: cómo pasar desapercibidas? Y que además, la gente de los pueblos del sur no hace demasiado por contener su fisgoneo: “qué están buscando?”. Te interpelan a quemarropa.

“Buongiorno, estamos buscando Via Margherita 2”

“Pero quiénes son ustedes?”

Ahí ya teníamos a una señora asomada a la puerta, a su vecino en el balcón y otros ojos mudos seguramente apostados desde otros ángulos. Les explicamos la historia, discutían entre ellos. Que es por acá, que es por allá, que mi nuera es argentina, que tengo parientes en Villa Martelli…  (parecieran creer que los emigrantes fueron a parar todos a una mega-sucursal del pueblo natal, que en Buenos Aires estamos todos cerca, y que nos cruzamos cada mañana en el café).

Seguimos buscando por las calles de más arriba. Ahí la gente resultó un tanto hostil, pero dimos con Via Margherita, 2. Era una casa de tres pisos y de piedra. Bibi sacó unas cuantas fotos para su mamá, y seguimos paseando.

Después del mediodía, fuimos hasta el cementerio, en las afueras, en busca de la lápida un tío abuelo de Bibi, que no encontramos. Decidí volver porque hacía calor; Bibi, en cambio, estaba tentada por los bellísmos senderos que se abrían hacia la montaña y hacia el valle, donde estaba el río. Yo no tenía siquiera calzado apropiado para esos desniveles, así que la dejé sola.
Ya “en casa”, escuché el timbre. Contesté con sorna, suponiendo que sería Bibi, quién si no? Pero era… Gina! Nuestro ángel de la municipalidad!

“Si pueden, estén en la puerta a las 6 de la tarde, que creo tendré una sorpresa”.
“Desde ya, Gina, pero cuál es la sorpresa?”

Estaba por proferir un atisbo de respuesta, cuando la vimos llegar a Bibi, y calló.
Gina volvió a su trabajo y Bibi y yo otra vez pasmadas: qué se traería entre manos esta mujer???

La sangre no es agua
A las 18:00 estábamos ahí, firmes como rulo de estatua. Gina se demoró unos minutos, que nos parecieron muy largos. Cuando llegó, con una sonrisa bondadosa inmensa, nos condujo hasta la plaza. Ahí, en el centro, frente a la fachada de la iglesia, nos pidió que esperásemos a que concluyera la misa.

Entre de toda la gente que salía, se nos acercó una mujer.
“Ella es Rosellina, prima segunda de tu mamá”.

Gina se había tomado el trabajo de buscar a la familia y de ponerla en contacto.
Rosellina y Bibi, después de saludarse, comenzaron a hablar con un código común sobre los recuerdos de su madre y Rosellina, constando y ampliando con detalles toda esa información, que a Bibi siempre la había sonado a fábulas de su madre, y que ahora encontraban su correlato en la realidad, si es que se podía catalogar como real a esa situación tan insólita. Francesco Antonio Vito había muerto joven, antes de que Bibi naciese. La madre de Francesco, anciana, quien vivía en Terranova, no soportó esta pérdida, y Rosellina relataba a Bibi cómo ella llamaba a su hijo “Vitino, Vitino”, para partir tras él 6 meses más tarde…

Alrededor, empezaron a congregarse curiosos. Un par de señoras, que juro que coreaban: “nosotras también, nosotras también queremos ser parientes”.
En el colmo de lo increíble, se nos sumó el cura, Padre Pablo, que era… entrerriano!!!, que hacía 8 años que era el párroco del lugar! Aparecieron también, no sé de dónde, todos los vecinos que habíamos visto a la mañana cuando buscábamos la casa, con sus propios parientes, incluyendo la nuera argentina de la señora María. Éramos una multitud, y alrededor, por afuera, había también curiosos que no entendían nada o recibían la información de segunda mano.
Al otro lado del teléfono de Bibi, estaba, en llanto, la protagonista de esta historia:
Alba.
Terranova (20)Luna Rossa
Cuando se calmó un poco ese bardo, Gina nos preguntó: “encontraron la casa donde nació el abuelo? Es para allá”. El sentido que indicaba… no era donde habíamos estado esa mañana, así que todos en masa fuimos tras ella en busca del verdadero domicilio. Evidentemente, habíamos ido a parar a cualquier lado, aunque juramos que era una Via Margherita 2!  Ésta casa era mucho más linda. No estaba habitada, tenía encanto. Bibi sacó nuevas fotos, creo que con el pulso trémulo de tanta emoción.
Terranova (18)Gina nos invitó al bar con Rosellina para un brindis.
Chocamos las copas y las invitamos, a nuestra vez, a tomar un cappuccino a la mañana siguiente antes de partir.
Los corazones seguían latiendo a pleno galope.

Ya en casa, Bibi, escéptica como es y fue siempre, me decía que si alguien le contara una vivencia como la que estaba atravesando, no creería nada; le parecerían los bolazos de un megalómano.

No teníamos mucho tiempo para ahondar en nuestra propia conmoción, porque teníamos que prepararnos para salir a cenar.
El estado de euforia nos terminó retrasando, pero un poco tarde, llegamos.
Federico Valicenti (3)El restaurante Luna Rossa tiene una terraza asomada a la montaña con el panorama del cañón abrupto y las montañas que se elevan majestuosas al frente. Pero la temperatura baja de la noche nos mandó a repararnos dentro del salón.

Unos amigos del cocinero hacían sobremesa. Se fueron pronto, y quedamos las dos solas. Era un día de semana, muy tranquilo, y medio tarde. Teníamos toda la atención puesta en nosotras, incluso la de Federico Valicenti, el chef.

Italia es cosa seria en materia gastronómica. Uno se adentra en sus recovecos montuosos, lejos de las urbes, y cuanto más se aísla, más frutos bondadosos de esas tierras va a encontrar, eso es sabido, pero no esperábamos toparnos con platos de alto diseño en un sitio tan alejado.

Federico Valicenti es un enamorado de su tierra y de los innumerables recursos que territorio y tradición ponen en sus manos para enaltecerlos.
Federico es un apasionado de la historia que a lo largo de siglos y milenios transcurrió en medio de esas montañas, y le gusta autodefinirse como “cibosofo”, cibo=alimento, un filósofo de la gastronomía.

Su cocina está hecha de peperoni cruschi, ciambotte, escabeches de mondongo, antiguas pastas de antiguos granos. Hay mosto cotto, cordero, verduras campestres, pistachos, cordero, ricotta, canela, liquirizia… transformados a través de su propia concepción y creatividad personal.
Su nombre es un renombre en la gastronomía italiana, y como se ve en las fotos, también en las guías Michelin.

Se acercó a la mesa para saludarnos y preguntarnos quiénes éramos y de dónde veníamos.
No tardé en hacer gala de mi torpeza:
“Qué nos recomienda?”
“Todo, naturalmente”.
Empecé por tragar mi propia pregunta, pero la conversación continuó por un camino en el que apareció el nombre del historiador Massimo Montanari. En ese momento, Federico, se sentó en nuestra mesa y no nos abandonó en toda la velada. Yo quería escucharlo y a la vez saborear cada paso del menú; se complicaba hacer todo, pero ganó Federico: tan agradable era su presencia, que realmente tenerlo sentado frente a nosotras, fue una experiencia que superó su propia comida.

Valicenti me agasajó con un tesoro:  fuera del menú degustación, que habíamos elegido, había ammollicata d’agnello, un empanado de cordero o chivo con papas que hacía mi abuela y que desde que ella no está, intentamos replicar en la familia, sin obtener el mismo resultado. Hice alusión a eso, y Federico, antes del postre, hizo traer sendas degustaciones de ese plato.
Cuando probé “eso”, sólo atiné a musitar “nonna!”, y él a responder “…grazie!!

Fue el 26 de abril de 2018. Desde el alba y hasta la medianoche, un día inolvidable.

Abstinencia
A la mañana siguiente, tal como habíamos concordado, nos tomamos un cappuccino con nuestras ya amadas amigas-parientes Gina y Rosellina; pasamos a despedirnos de nuestros amigos Daniela, Nicola y Lillina, dell’Osteria del Baccalà, y con pesar partimos  cuesta abajo… de vuelta al mundo real.

Ese día nos esperaba la ciudad de Matera, meta pétrea y enigmática, y los extraños Trulli di Alberobello.
Todo cumplimos en recorrer, como una tarea asignada, pero nada ya para Bibi tuvo el mismo sabor.
Ese día y el siguiente, cada cosa parecía tener gusto a poco, a cosa armada, a plan turístico.
La abstinencia del Pollino le produjo un bajón que no tardó en contagiarme.
Por suerte el circuito estaba llegando a su fin.
Remontar y empardar el éxtasis de los días maravillosos pasados,  de esa corriente espontánea de afecto caída del cielo, era una misión imposible.

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El desvío. Viaje inesperado al corazón de la Basilicata

Sin conflicto no hay historia.
Por lo tanto esta historia no existe.

A pesar de tener recorrido mucho mundo, Bibi venía esquivando Italia.
Decía que cuando fuese habría de ser conmigo, porque además de los íconos que pesan en el imaginario colectivo, ella quería conocer Petrella.
No era fácil concordar, no se daba, hasta que fue.
En cuanto Alba, su mamá, supo sobre este proyecto, la cruzó con un mandato indeclinable:
“si viajás a Italia, no podés dejar de ir a la tierra donde nació tu abuelo, mi padre, donde nunca pude llegar”.

Creo que esto no revistiese importancia directa alguna para Bibi, pero era capital sosegar el deseo de su madre. Yo estuve absolutamente de acuerdo en acompañarla en la cruzada.
“Bien, dónde es el pueblo? En qué región?”
“Ni idea”
“Voy a ir a hablar yo con tu mamá, así vemos de qué se trata”.

Alba me esperó con café y alfajorcitos. Su ansiedad visible era la medida del compromiso asumido.
Le pregunté lo que se me ocurrió: cuál era el pueblo; cuál el nombre completo de su padre, fecha de nacimiento, y tomé nota de todos los otros datos laterales que a borbotones le vociferaba su memoria impaciente.
Bibi, en apariencia algo ajena a la situación, tomó buena nota también, según comprobé más tarde.
El nombre del lugar era Terranova di Pollino, último orejón del Parco Nazionale del Pollino, en la Basilicata. Nada menos que el pueblito italiano más alejado de su ciudad de cabecera provincial, que en este caso es Potenza.

A todo esto, ya teníamos planeado recorrer la Puglia.
Ahora había que cambiar itinerario, pero “casualmente”, y a pesar de lo marginal de esa aldea, no nos quedaba tan trasmano. Era necesario contar con un auto, y eso ya estaba en la agenda: bastaba dejar de lado el Salento y desde Bari incursionar en la Basilicata.
Y si bien el Salento es una vieja cuenta pendiente, esta ocasión de internarme en lo desconocido y con un cometido tan hermoso, me llenaba de entusiasmo.

San Google facilitó algunos datos. Llamé por teléfono al ente de turismo local. Respondía un contestador. Luego intenté con otras secciones administrativas. En vano.
Examiné opciones de alojamiento. Había en la web un b&b precioso, La Genziana. Al teléfono me atendió una voz disuasiva, “chi parla?”,
“… ma… non è il b&b?”,
“non più, abbiamo chiuso”;
pues entonces harían bien en sacar los datos de Google… pero no les dije nada, saludé y corté.

Booking, cómo no, tenía la solución; se llamaba Dolcedorme . Encontré su página web con fotos preciosas del lugar.
Contacté el b&b por mensaje de Facebook.
Vi el “visto”, pero no me contestaban. Ya me estaba inquietando, cuando por fin apareció en el chat alguien quien se presentó como Vito.
Vito fue por fin el trait d’union, aportando las informaciones básicas para llegar y un soporte humano, por si las moscas.

La lejana Terranova iba tomando forma y el Pollino prometía.

Más cerca
Bibi partió hacia Italia unos días antes que yo para visitar por las suyas e independientemente, como es ella, la Italia clásica.
Nos encontramos a mi llegada en Roma, me guió ella misma por la Roma Nocturna hasta el Campidoglio, que fue como una visión surreal del pasado, como si todo es pasado romano de 2000 años se encontrase a la vuelta de la esquina del tiempo.
Al otro día partimos a Petrella para la Fiesta de San Giorgio.
Y un día más tarde, emprendimos el periplo Puglia-Basilicata.

Parada reparadora en Mastro Ciccio, en Bari.

Arribamos en tren a Bari desde Termoli; alquilamos el auto en AVIS, en el centro mismo de la ciudad. Soñábamos con una Fiat 500 rossa, pero nos asignaron una Fiat Qubo gris. Menos linda, pero gaucha.
Manejó Bibi, no sin cierta sujeción inicial porque las señales de tránsito no son las mismas y la adaptación no es automática. Waze fue nuestro invaluable aliado.

Llegamos a Polignano a Mare, ciudad natal de Domenico Modugno, que nos maravilló con sus balcones empinados asomados al mar… y sus platos con mariscos en la Trattoria Dal Monaco (<– pasen a ver, por favor). En la Trattoria éramos por poco las únicas comensales, pero no paraba de sonar el teléfono: eran todos postulantes a reservar para el día siguiente (feriado) y todos rebotaban con un “mi dispiace, non c’è posto”. Pobres… decíamos, mientras enrollábamos nuestros tagliatelli allo scampo en el tenedor.

Desde Polignano, emprendimos la travesía hacia nuestro destino.
Estábamos como bendecidas, con todo de nuestro lado, de esa serie de concatenación de situaciones que habría que ser necio para creer casuales.

Era un día feriado –y no lo sabíamos-, por lo tanto las rutas estaban descongestionadas para manejar sin problemas (si el feriado hubiese sido el día anterior, no habríamos podido alquilar el auto en el centro de Bari, ya que la oficina cierra en esos días. Si en cambio hubiera caído un día más tarde, habría sido imposible acceder al municipio, punto clave donde solicitar los antecedentes del abuelo).
descargaCasi como abusando de las bondades a disposición, nos animamos a entrar a la ciudad de Táranto. Hallamos estacionamiento libre en pleno centro y pudimos, felices, regalarnos al paso un cappuccino y recorrer a pie il Lungomare hasta il Castello.
En Taranto el abuelo de Bibi había aprendido su oficio de sastre.
vacanze-castellaneta-marina-01 (3)De nuevo en la ruta, el sol espléndido nos “obligó” a hacer un pequeño desvío y un alto en una playa jónica, elegida al azar. Caímos en Castellaneta Marina, caminamos en la arena, sumergimos los piecitos en el mar y nos hicimos una panzada de pulpo fresco tiernísimo, en la misma playa.

Después, expectantes, pero serenas, afrontamos el ingreso a la Basilicata y al Parco del Pollino siguiendo el curso fluvial del Sarmento, con perfecta visibilidad en las curvas en ascenso y del verde intenso de ese parque natural, donde no nos cruzamos con nadie.

Todo ese escenario encantado estaba reservado exclusivamente para nosotras.
Y estaba florido de primavera y esas flores auspiciaron nuestro ingreso.

Un lugar desconocido: Terranova di Pollino
Alcanzamos nuestro destino que eran poco más de las 4 de la tarde.
Terranova di Pollino (5)El pueblo está trepado a la montaña, tiene sólo una calle principal, que es su eje, y hacia abajo y hacia más arriba, el caserío se extiende como puede y donde puede.
Su posición y el entorno me recordaron el Cadore alpino.
Nuestro alojamiento estaba ahí nomás. Tras discutir si se podía o no se podía, dejamos el auto donde pintó, y no lo movimos más durante el resto de la estadía de 2 días.

Toda la gente que no encontramos en la ruta, parecía estar concentrada ahí; había autos por todos lados y gente en las calles, que desde luego nos escanearon en cuanto aparecimos como dos foráneas que éramos.

En minutos, por suerte, llegó Vito a recibirnos.
El departamento era precioso, y al no haber otros huéspedes, Vito nos lo dejó a nuestra total disposición. Al instante nos sentimos en casa.

El Municipio, donde teníamos que dirigirnos al otro día, estaba ubicado prácticamente bajo nuestra casa: bastaba salir, cruzar la callecita y bajar una escalera. Más a mano imposible.
A las 8:00 am abriría.

Cosa c’è da mangiare?
Descubrir y probar las especialidades culinarias de la Lucania era un objetivo naturalmente menor, pero elemental. Vito nos mencionó la Osteria del Baccalà, donde la Sig.ra Lillina hacía platos con bacalao, pero había que reservar temprano para que preparase algo.
Y luego estaba Luna Rossa, cocina de autor enlistada en la Guía Michelin, otro tipo de fórmula y propuesta. Ambas alternativas nos cautivaron, qué afortunadas que teníamos dos noches disponibles!
También nos mencionó un agriturismo, un restaurante rural, para almorzar, de esos –dijo Vito- “donde te sentás a almorzar al mediodía y te levantás a las cuatro de la tarde”… pero calculamos que sería demasiado para dado el poco tiempo, y renunciamos a éste.
Estaba también el Hotel Picchio Nero, que se ve tiene también una buena cocina. Era imposible hacer todo.

Osteria del Baccalà
osteria-del-baccalaSalimos a dar una vuelta, bajo la persistente mirada escrutadora de todo el mundo, lógicamente.
Lo primero fue pasar por la Osteria a reservar. Una osteria en Italia no es un hostal, sino un despacho de vinos.
El bar estaba lleno de hombres que bebían y jugaban a las cartas. Hicimos tripas corazón para pasar en medio de esa masa de ojos curiosos y críticos y lo más rápidamente posible le dijimos a quien nos atendió que querríamos cenar. Nos interrogó amablemente, quedó la mesa agendada para 20:30 y salimos raudas.

Entramos a la iglesia, chusmeamos rinconcitos, callejuelas, caminamos por la balconada que asoma a los Apeninos… y Bibi se puso a la caza fotográfica de viejitas preciosas de pañuelos negros en la cabeza y bastón.
20:30 estábamos sentadas a la mesa.
Pedimos que nos trajeran algo liviano, pero fue sólo retórico.
Nicola y su mujer, Daniela, empezaron a servirnos, unos tras otros, distintos bocados, todos en base a bacalao. Intentamos detenerlos, pero cada pequeña cosa que aparecía en la mesa parecía extraído de una joyería culinaria.
Un bacalao tan diestramente tratado que ni salado era. Su armada estructura servía de soporte omnipresente para las más variadas combinaciones:

frittelle in pastella di zucchini, peperoni cruschi, lampascioni, crostini, todo combinado con bacalao. Además nos trajeron a la mesa affettati y quesos de producción local, entre otras delicias.

Sólo había dos mesas más ocupadas: una con lugareños;  otra con una joven pareja con un bebé, que se veían italianos, pero parecían más extraños que nosotras. Estos llamaron a Daniela para quejarse, porque no comían pescado…
Cómo entraron y se sentaron en un local cuyo nombre es justamente “baccalà” es algo que no entendimos. Daniela, pacientísima, los calmó diciendo que ya remediarían.
En minutos se apersonó Lillina, la madre de Daniela, suegra de Nicola y dueña de la cocina.
No sabemos qué les dijo, pero les habló con una sonrisa. Se aquietaron.
Antes de que Lillina se escabullese, la atrapamos nosotras para elogiarla.
“Preparo siempre bocados diferentes, con lo me da la tierra, la estación y lo que me dicta mi imaginación”, nos dijo con humildad.
Sublime Lillina, la amamos!

Nicola, cuando promediaba la cena, vino a sentarse a nuestra mesa para conversar; luego se agregó otro señor, quien también tenía familiares en Argentina. Lo hacen educadamente, sin ser invasivos.

Volvimos “a casa” con el paladar, la panza y el corazón plenos de sensaciones maravillosas. Nos acostamos a la espera de nuevo día, decisivo.

(continuará)

Porotos. La saga.

Sigamos con las recetas inspiradas en los bellísimos porotos de Payogasta, que merecen denominación de origen por cuánto hablan de su terruño, de ese sol, de la altura, del aire seco y limpio que respiran. Es que los porotos (Phaseolus vulgaris) son un alimento originario de las Américas. Antes de la llegada a América, en Europa se conocían algunas variedades (Vigna unguiculata), pero los de estas tierras avasallaron a los otros por sus cualidades.

  1. Riso, fagioli e patate
    DSC08648
    Éste era el guiso clásico de Nonna calabresa Caterina para hacer frente a los días de invierno en tiempos en los que no teníamos calefacción, que nos arropábamos con mucha lana y un estómago bien nutrido era vital.

Para 2 personas
2 tazas (tamaño té) de porotos cocidos
2 tazas (tamaño pocillo) de arroz
2 tomates perita pelados y sin semilla
½ cebolla picada
1 chorizo trozado
1 papa mediana
Vino blanco
1 litro de caldo de verduras
Sal, pimienta
Queso rallado

DSC08641Hacer un sofrito, primero con la cebolla y el chorizo, y agregando a continuación los tomates cortados.
Trozar la papa, dorarla sobre el sofrito.
DSC08642Agregar enseguida el arroz, dorar también.
Salpimentar.
Perfumar con vino blanco y dejar esfumar.
DSC08647Cubrir con el caldo de verduras caliente.
Revolver de vez en cuando y agregar más caldo cuando el líquido sea absorbido.
A mitad de cocción del arroz, agregar los porotos cocidos.
Completar el hervor, según el tiempo indicado en el envase de arroz, siempre controlando que no falte humedad, de manera que quede un guiso con el nivel de hidratación deseado: o sequito, o con caldo, o un término medio, a gusto.

Servir con quesera para completar a gusto.

  1. Pasta e fagioli, con funghi porcini
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    Estos porotos gigantes exigían una pasta grandota, y salieron pappardelle.

Para 4 personas
Pasta fresca 1 kg
Porotos cocidos  3 tazas (tamaño té)
Hongos secos 12 gr
Ajo 2 dientes
Cebolla 1 mediana
Vino blanco
Aceite
Manteca 20 gr
Queso rallado   3 cucharadas + quesera a la mesa
Sal, pimienta

Hidratar los hongos con agua tibia al menos durante media hora.
Picar los ajos, dorar con aceite y manteca.
Agregar los hongos remojados. Rehogar por unos minutos.
Agregar el vino, dejar evaporar.
Añadir una parte del agua de remojo de los hongos colada.
DSC08663Cuando reduzca, volcar mitad de los porotos, dorar y dar otro toque de vino, esfumar, y verter el agua de remojo de los hongos restantes.
Dejar reducir y apagar.
Por otro lado, cortar media cebolla, dorar, sumar la otra parte de los porotos, con otro poco de vino, salpimentar. Dejar cocinar un ratito. Llevar al mixer, sumándole un poco de manteca y un puñado abundante de queso rallado. Licuar. (Si fuese muy espeso, sincronizar con el hervor de la pasta y usar agua de cocción para alivianar).
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Mezclar la crema obtenida con los hongos y porotos de la sartén, apartando antes un poco de los hongos, para colocar sobre el plato sin que pierdan su brillo (porque la crema los va a opacar).

Mientras hierven los fideos, con el agua de cocción almidonada, aligerar el contenido de la sartén. Este proceso se hace con la sartén sobre el fuego, con el contenido caliente, y en pequeñas dosis para no aguar la salsa.

Colada la pasta, volcarla en la sartén para darle un remate de fuego que le inyecte y selle todos los sabores. Servir.

5. Ribollita Toscana
En el capítulo del pancotto, el año pasado se hizo referencia a este plato invernal.
Se trata de una sopa elaborada sobre la base de 3 indispensables: pan toscano, berza (kale) y la col negra de Toscana  (Brassica oleracea L. variedad acephala),  más otros vegetales. El pan, reseco, va sobre las escudillas y sobre ellas se echa la sopa.
Acá, de primera mano, va relatada por un cocinero toscano:
Foto: https://www.nonnapaperina.it/2016/12/ribollita-toscana/

Un poroto

Judías, alubias, habichuelas, fabas, frijoles… tantos nombres de la lengua castellana para lo que en Argentina conocemos como porotos y que la ciencia clasifica como Phaseolus vulgaris.

La cocina no viaja
¿Qué hacemos a la vuelta de un viaje con los alimentos conservables que nos trajimos?
Puede pasar que no veamos la hora de que prueben nuestros amigos. O que una vez terminado el viaje se evapore la emoción y los productos queden abandonados, ocupando espacios valiosos de la alacena, que despacio van pasando a segundos puestos, hasta ir a parar al fondo, acumulando polvillo y colonias bactéricas de envejecimiento.
Pero no vamos a deshacernos de ellos sino cuando tras años de espera estéril queden bien vencidos y putrefactos, merecedores de ser descartados, sin tanta culpa.

También puede ocurrir que a esa cosa que trajimos le tengamos  miedo a no saber cocinarlo, o a que se desmorone el recuerdo exaltado de un sabor, o la sensación nunca blanqueda de haber cargado la valija con algo que hasta nos produce rechazo fuera de su contexto de origen.

Porotos de Payogasta
En enero me traje desde Payogasta, Salta, dos kilos de enormes porotos tipo pallares, comprados en uno de los dos únicos almacenes del pueblo.
Durante tres meses los veía cada vez que iba a pispiar la alacena y me repetía sin convencimiento: ya los voy a hacer. Pero me daba temor de que fuesen duros o poco sabrosos. Por fin un buen día les hice frente. Estuvieron listos en 40’. Tan tiernos, hasta la misma cáscara, tan mantecosos y agradables al paladar que no pude más que agradecer a la Pachamama por este don.
Lo extraordinario es que estos porotos norteños no producen efectos secundarios. A diferencia de los que consumimos habitualmente, son inocuos. Se pueden ingerir en cantidad sin las presumibles consecuencias gástricas. Cómo haré para procurarme más de estos??? Si ustedes viajan, no dejen de traerse. Por lo pronto me voy a asomar al Mercado Boliviano de Liniers, a ver si tengo suerte y los consigo.

En honor a estos portentos, propongo estas recetas:

     0. Cocinar los porotos (punto de partida común a todas las recetas)

  1. Ensalada de cebollas marinadas y porotos
  2. Sopa crema de porotos picante

    Y en las próximas entregas…
  3. Riso, fagioli e patate
  4. Pappardelle, funghi porcini e fagioli
  5. Ribollita toscana
  6. Cime di rapa, fagioli e polenta (grelos, porotos y polenta)

0. Cocinar los porotos

Éste es el paso previo para todos los casos.
Los porotos, como la mayoría de las legumbres secas, necesitan ser rehidratados.
Una vez cocidos, pueden fraccionarse para su uso. Duran varios días en la heladera, o también pueden congelarse en porciones para ser consumido cuando convenga.

¿Cuánto rinden?
Hay que calcular que una vez hidratados y cocidos duplicarán o tal vez lleguen a 2,5 veces su peso y tamaño.
Entonces, para una preparación donde el poroto se combina con otros alimientos (arroz, pastas, polenta, etc…), bastarán 30 gr secos por persona.
Para un plato donde son protagonistas: 60 gr por persona (siempre hablando de la legumbre deshidratada).

Cómo se cuecen
La noche anterior al día de la cocción, colocar los porotos en un recipiente.
Cubrirlos abundantemente con agua.
A la mañana siguiente, escurrir.
Revisarlos uno a uno y apartar los irregulares o de color extraño (si hubiera)
Una vez hecha la selección, colocar sólo los buenos en una olla con nueva agua (fría o natural), tapándolos por encima unos 2 cm.
Llevar a fuego lento, lento, dejar cocinar durante lo que lleve; pueden ser 40’, 1 hora, o más. Todo depende del tipo, del tamaño y de la antigüedad: porotos viejos tardan más.
A mitad de cocción o cuando absorban todo el agua, tener en paralelo agua hirviente y agregársela.
Es conveniente cocinarlos sin gran exceso de agua, y en todo caso ir agregándole de a poco, porque ese caldito remanente servirá para nuestras cocciones.
Si el agua es demasiada, tendremos que desecharla.

Durante la cocción se pueden agregar hierbas aromáticas a gusto.

Hay que salar recién cuando estemos finalizando, porque salando al principio endurecen.

Tipos de porotos
Existen unas 150 variedades de porotos, la mayoría de las cuales se concentra en México.
En Italia los más consumidos son: cannellini, blancos, al sur y borlotti, oscuros, en el norte.
En Alimentos Argentinos encontramos: pallares, alubias, regina, negros (para feijoada) y manteca.

Recetas

1. Ensalada de cebollas marinadas y porotos
DSC086671 taza de porotos cocidos
1 cebolla mediana en corte pluma marinados durante 30’ (o más) con:
Jugo y ralladura de medio limón y media naranja
1 chorrito de vino blanco
1 chorro de vinagre de vino
pimienta rosa
1 baya de enebro (porque tenía; no es necesario)
sal, una salpicadita

Al cabo del marinado, escurrir la cebolla, mezclar en ensalada con los porotos.
Agregar orégano seco y aceite a gusto.
Servir.

2. Sopa crema de porotos picante
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Para 4 personas:
4 tazas de porotos cocidos
2 cucharadas colmadas de queso rallado
1 trozo chico de manteca
1 chorro de aceite
peperoncino a gusto
Caldo vegetal hecho con verduras antes rehogadas y perfumadas con vino: cantidad necesaria.

Licuar los porotos. Licuar el caldo. Ensamblar el caldo a los porotos hasta obtener la densidad deseada y servir caliente.
Rematé con un peperone piccante crusco, que no es otra cosa que un ají seco frito.

Puede hacerse sólo con pimienta, o sin ningún picante.

Si no agregamos el caldo, va de perilla como dip donde untar tallos vegetales o para esparcir sobre tostadas en una picada.
Las tostadas untadas con la crema de porotos, se pueden enriquecer a gusto. Queda muy bien, por ejemplo, con pescados o mariscos: con anchoas, salmón, camarones, mejillones, almejas, atún.
También riman con aceitunas, con hinojos gratinados, con romero, con alcaparras, hongos… (pero por favor tomar una opción por bruschetta, abstenerse de mezclar todo sin ton ni son).

(continúa en el próximo posteo).

Sala de Payogasta, Valles Calchaquíes

Sala de Payogasta (13)Tenía un pasaje premio para irme a Salta los primeros días de enero por 6 días.
Pensé en llegar –por fin- hasta Tolar Grande, en el corazón de la Puna salteña, pero eran pocos días. Llegar a Tolar no es chiste. El cuerpo necesita de aclimatación lenta y adecuada, y la expedición en sí de una logística que no había ni tiempo ni consenso para armar.
Queda esa etapa pendiente.

Entonces, instigada por los posteos de Mario Aiscurri desde su blog El Recopilador de Sabores Entrañables, me dieron unas ganas certeras de conocer su rincón mimado del norte:  la Sala de Payogasta.
De llegar y de quedarme ahí.
Y allá partí en buena compañía de mi amigo Vendelio.Sala de Payogasta (9)Pasamos el primer día en Salta, cosa de reconocer lugares comunes que adoramos, saludar gente querida y clavarnos un trío de tamal-humita-empanada de bienvenida.
A la noche, y en medio de una lluvia tupida, dio para llegar a la Av. Hipólito Irigoyen y entrarle a una parrillada en uno de esos bodegones de mala fama, alineados en la misma vereda, a pocas cuadras de la Terminal.

A las 7:00 am del día 2, partió el bus de línea a nuestro destino. Un micro viejo, incómodo y que fue parando y cargando gente hasta en los pasillos bajo el machaque de la cumbia, con un chofer buenhumorado capaz de remontar las curvas vertiginosas y estrechas de la Quebrada de Escoipe y la Cuesta del Molino con los ojos cerrados, y es que realmente casi a ciegas que se hace, porque generalmente en Piedra del Molino, a más de 3300 msnm, el camino supera el nivel de las nubes y la visibilidad es “0”.
3448321227_2bbcf86cd7_bFoto: https://www.flickr.com/photos/ljndr/3448321227

A las 4 horas y tras atravesar el escenario descomunal de la Recta de Tin Tin en Parque Nacional Los Cardones, el chofer nos depositó sanos y salvos en la entrada misma de la Sala, en el km 4509 de la Ruta 40, a 2400 msnm.

Creo que bastan las imágenes para entender que fue llegar y encantarnos ante la delicia de ese patio florido rodeado de galerías antiguas, de paredes de adobe y coronado por las nieves eternas del Nevado de Cachi.

Por el Patio de esa Sala, además del querido Mario, han pasado Fernando Trocca, Dolly Irigoyen, Donato de Santis, entre otros cocineros que se dieron cita allí para cocinar.

Es que de la tierra y de las manos de esos Valles,  sólo surgen exquisiteces:
Por empezar, quesos de cabra caseros, que en el poblado de Payogasta, a 1km se vendían en los dos almacenes a 130/140 $ el kg.
En las tierras adyacentes a la sala, Alejandro Alonso mima sus viñedos, hace sus vinos, elabora pimentón puro extraromático (sin polvo de ladrillo) -250$ el kg en ese entonces- y verduras deshidratadas al sol, manjares para hacer en ensalada.
Los tomates secos al rehidratarlos tienen sabor a tomate!!! Para mí un recuerdo de tiempos pretéritos, ya que acá en la ciudad encontrar un tomate que sepa a tal es casi imposible (salvo que provengan de huerta).
También hay buen comino, Calahorra y otras hierbas y especias.
Las papas, batatas y maíces son VERDADERAS. En CABA y Gran Buenos Aires, ni en sueños  encontramos esas calidades.

El poblado de Cachi, una joyita, se encuentra a sólo 10 km.
Ahí, frente a la plaza y sobre la vereda, comimos cabrito a la parrilla, “dulce “y tierno.
Las ensaladas frescas tienen sabores increíbles.

En Payogasta, en el lugar de la foto donde está el gauchito, almorzamos un sencillo pollo a la portuguesa con arroz (parboiled 😦 ) servido en plato de vidrio con pan muy bueno, agua mineral y almanaque de Patoruzú de regalo por $75 por persona. Ahí van albañiles, puesteros y gente del lugar.

Por supuesto hay locro, humitas, tamales, empanadas, dulces de cayota y otros frutos por doquier. Y vinos, vinos y más vinos.

Teniendo auto o en remise, se puede hacer base en la Sala y recorrer los alrededores. Se puede llegar a Molinos, o a La Poma o Bodega Colomé para visitar además su Museo de la Luz (sólo con reserva!). Todo eso queda a pocos kilómetros, pero ojo: son hoooras de viaje, un poco porque los ripios y las curvas exigen lentitud y prudencia, y otro poco porque esos caminos son de tal belleza que resulta inevitable querer para a cada tanto para capturar cachitos de esas inmensidades silenciosas con la cámara, con los ojos y con el alma.

Sala de Payogasta (precios en ARS de enero 2018)
Hab doble: $ 1280. Hab single: $ 800 con desayuno.
Se puede comer por $ 200, pero una comida completa con copa de vino ronda los $ 300.
http://www.saladepayogasta.com/

Sagnitell’ e Ceci-Festa di Sant’Antonio

 

Cada 12 de junio, en la víspera de la celebración de San Antonio de Petrella Tifernina, Molise, se encienden 13 fuegos distribuidos en los distintos vecindarios
(no es la primera vez que me refiero a esta festividad, que me fascina).

Contiguamente a cada fogata se tienden largas mesas donde los vecinos se reúnen para compartir la clásica cena de sagnitelle e ceci, una pasta hecha a mano cocida en ollas gigantes y servida con garbanzos, aceite de oliva –rigurosamente del lugar- y aromas de hierbas.

Pero además en las mesas aparecen sopressate, quesos, panes (ofrendados a San Antonio), frutas de estación, (que para el caso son cerezas, melón, sandía), tortas y vino.

También he visto otros platos fuera de programa circulando, como por ejemplo, cotechino e fagioli, un fiambre de piel de cerdo cocido con porotos.

En cada fogón se alista un altar dedicado al Santo, con manteles bordados, imágenes y velas.
Mi impresión es que San Antonio es la excusa para este encuentro y que queda relegado a un segundo plano. Todo parece estar concentrado en el fuego y en la comida, como si se tratase de un rito atávico, muy anterior al Cristianismo. Al menos, ésa es la sensación que me queda impregnada cada año, ya sea que asista, o vea las imágenes que me envían mis afectos desde el lugar.

Este video fue filmado el año pasado por mi prima Cecilia, quien justo ese día había llegado desde Inglaterra para mostrarle a su esposo y a su hijito el pueblo natal de su madre.

Si bien ni bien llegó, fue invitada a la cena, Cecilia ignoraba las connotaciones de esta celebración y apareció sorpresivamente justo en el momento tensísimo en el que Rita estaba en el punto peligroso y delicado de escurrir la pasta. Rita, casualmente o no, había sido amiguita de la infancia de su madre. Rita y Cecilia se habían cruzado fortuitamente esa misma tarde por las calles del borgo storico y vaya a saber uno cómo, terminaron sabiendo ambas y con gran emoción quiénes eran.

Esa noche, mi prima tuvo el extraordinario reflejo de encender la cámara ni bien se encontró con esta escena y captó este instante al cual, para mi gusto, no le falta ningún ingrediente y no me canso de volver a ver una y otra vez.
Los nervios, discusiones, las críticas entre las mujeres.
La mesa tendida,
los hombres tranquilamente sentados aguardando la llegada de los platos,
las brasas ardiendo,
el cielo azul oscuro en el fondo,
el Santo en su altar, presente y fuera al mismo tiempo.

Pane e companatico, pasta e compastatico

formaggio-pane-vinoFoto: http://lifarnur.blogspot.com.ar/2016/05/pane-di-prato-vino-di-pomino-potta-di.html

Pane e companatico
Companatico (pron. companático) es una palabra casi extinguida del habla italiana.
O mejor dicho: pasó de moda el concepto que companatico implica, y por lo tanto la palabra cayó en desuso.

Me atrevo a decir que a partir del fin de la Segunda Gran Guerra el término italiano que destronó a companatico es uno que se hizo muy conocido en todo el mundo:  panino.

Supuse que companatico no tendría traducción al español, porque no había encontrado rastros, sin embargo Mario Aiscurri, una vez más oportuno socorro en estas pesquisas, me explicó que en español  sí existe y se dice COMPANGO y que tiene gran vigencia en España, pero esta parte –que me excede- queda para que se explayen su tinta y su pluma.

Companatico proviene del latín medieval: cum+ panis, “con pan” , y designaba a todo lo que se prestase a ser comido con pan, en un contexto en el que el pan era el pan el centro de ese universo y todo lo demás, que se comía junto con el pan, era su “con pan”, su companatico.

En la categoría companatico entraba desde lo más básico que podamos imaginar, como  quesos, ricotta, salames, chorizos, jamones y demás fiambres, pero también las frutas que se comían acompañadas con pan: higos, cerezas, uvas, granada…
Y lo mismo las frutas secas (que luego en muchos casos pasaron a formar parte del pan dulce), el aceite, el azúcar, las habas o arvejas frescas, otras hortalizas; el chocolate (cuando había), etc.

Casi todo se comía con pan y el pan lo acompañaba todo.
Era una relación de igual a igual.
Una hogaza de pan y otra cosa “junto con”.

Era una forma de comer totalmente informal, sin sentarse a la mesa, sin platos, ni cubiertos. Era  comida de campo, de pausa en medio de las tareas rurales.

No existía entonces el “sándwich”.
Los panes eran grandotes y redondos (pagnotte) y se fraccionaban, pero no se tomaban dos trozos para colocar en el medio la otra cosa.
Había, sí, para las celebraciones y por encargue especial unos pancitos que se hacían en las confiterías de ciudad para ser rellenados: i panini imbottiti, “los pancitos rellenos”, nombre que derivó luego en “panino” (sing.) / “panini” (pl.) y que tomó su lugar.

El companatico terminó así saliendo de escena, pero hizo mella quedando en el habla cotidiana de muchísimas lenguas vivas.

Algunos ya a esta altura habrán deducido de ahí mismo se desprenden las palabras compañía, compañero, acompañar, “cumpas”, etc. (y company, compagnie, compagnia, etc., etc.).

Pasta e compastatico
Y también se me ocurre que ese hábito ancestral de combinar hidratos con otros alimentos, bien diversos, se haya trasladado a las mil y una formas que se concibieron y conciben en Italia para condimentar las pastas. Las salsas vendrían a ser “compastatici”, aunque tal palabra no exista, y aunque con las pastas el fenómeno sea mucho más complejo (tanto por la infinidad de formas de las pastas como por la cantidad de ingredientes que puede llegar a llevar un aderezo), si analizamos,  muchas de esas salsas son bastante simples, con pocos elementos: pensemos en el pesto genovese, en cacio e pepe, aglio-olio-peperoncino,  pomodoro, carbonara, ca muddica… todos monumentos de lo simple! 

Como simple fue desde siempre tomar una hogaza de pan y a-com-pañ-arla con lo que había.

Fuentes:
http://dizionario.lua.it/2012/04/30/companatico-3/  <–  hermosa lectura!

https://it.wiktionary.org/wiki/companatico

http://www.treccani.it/vocabolario/companatico/

http://etimologias.dechile.net/?compango

Caffè corretto

caffe-corretto¿Con qué se completa un café? ¿Con azúcar? ¿con leche? ¿con crema o cacao tal vez?
Nada de eso. La incompletitud del café se salva con un socorro de alcohol indisputablemente machazo que acude a rectificar las flaquezas invisibles del café. Ese es el concepto del curioso frasema de la lengua culinaria italiana “caffè corretto”

Fue hace pocos meses en Petrella (dónde si no?).
A pesar de ser abstemia y que el calor apretaba a media mañana, entré sola al Bar del Corso y frente a la barra le ordené a Chiovitto un caffè corretto.
Sentí las miradas de todos los hombres posándose al instante sobre mí.
A Chiovitto le tembló un poco el pulso; mi determinación no le dejaba mucho margen de acción. Un silencio de condena corrió a mis espaldas y los ojos de Chiovitto me imploraron queriéndome rescatar de un maldecir que, era cantado, se estaba gestando tácitamente y corría riesgo de difundirse como reguero de pólvora por todo el pueblo y yo de ser señalada e ahí en más con un mote indeleble:
ahí va la argentina borracha.

Mi bravura afojó. Como pidiendo disculpas públicas y con voz firme, reculé. “Nunca tomé un caffè corretto; quería saber qué licores se usan, YO NO TOMO, la mía es curiosidad”.
Chiovitto, aliviado, me mostró y describió feliz todas sus botellas exhibidas.

Elegí Sambuca, por lo demás un corrector clásico del café del sur de Italia, que sabe a anís estrellado.

Chiovitto me preparó un caffè, en su punto, cremoso, y al lado de la tacita colocó el vaso de licor en el que vertió la dosis de Sambuca. Los posó con elegancia sobre la barra haciendo gala de su más pura “mirada Hollywood”*
Como se sabe, la taza de café del bar italiano no se llena sino que va servida a menos de media asta, y es ese vacío de la taza el que uno mismo completa con una parte de la dosis del licor. El remanente se añade al final para enjuagar los restos del café y llevarse en la boca la supremacía de las notas alcohólicas y sólo una vaga reminiscencia del café.
Otras veces directamente se sirve la taza de café y dentro de ella el barman agrega la bebida alcohólica directamente.

El primer corrector de café y por excelencia fue la grappa que en la rigidez del invierno del norte mezclado con el café reavivaba las venas y el corazón de los trabajadores a la intemperie.
Pero habiéndose difundido el uso en toda la Península se aplicaron luego muchísimas otras bebidas.
Además de la grappa y de la Sambuca se usa brandy, whisky y otras bebidas.
Se evitan los sabores frutados dulces o cítricos que hacen mala yunta con el café.
Tampoco se usan bebidas como gin o vodka que lo tornarían demasiado amargo.
En casa de mi abuela se usaba el Fernet: ése era su uso antes de ser cooptado por la Coca Cola.

* Mirada Hollywood: teoría de mi ahijada Juli que afirma que un gran porcentaje de hombres italianos ante determinadas circunstancias sacan a relucir miradas de película hollywodense.

Links:
https://www.youtube.com/watch?v=3–sqed82cYhttp://www.dersutmagazine.it/cucina/caffe-corretto-abbinamenti-tra-liquori-e-caffe/
http://www.filicoriblog.com/dal-bicerin-al-carajillo-tutti-i-tipi-di-caffe-corretto/https://www.caffesulweb.it/tipi-caffe/caffe-corretto

 

 

Flores de saúco fritas? No, gracias

Había escuchado hace un par de años que en algunos restaurantes del Molise se sirven las flores de sambuco (saúco) fritas como postre. Como la primavera estaba a pleno, bajé hasta una de las callecitas que cuesta abajo llevan a los campos y allí tomé un par de los enormes paraguas que son las flores de ese arbusto.
Hice una pastella muy ligera con harina. No tenía soda, pero encontré en la heladera

xacquista-ora-sanbitter-dry.jpg.pagespeed.ic.jUtLfpAqwwFoto: https://www.sanbitter.it/cocktail/bitter-sage

una botellita mínima (de estas preciosas que hay en Italia) de Sanbitter dry sin alcohol, bien helado, y usé esa bebida como elemento gaseoso.

Por las pasta pasé las flores, como si fuesen pinceles, para que no junten mucha masa, y así las freí.

Sambuco (4)

Las serví como aperitivo, sin azúcar, con Aperol Soda. Todos quedamos fascinados por el sabor particular, de un dulzor perfumado, intenso y definido.
Un éxito, dijimos, vayamos por más.

Sólo después de hacerlas, se me ocurrió googlear acerca del saúco… y me encontré con la sorpresa de que existen distintos tipos, que no todas son comestibles y que algunas variedades contienen cianuro. Estaba haciendo la digestión y me corrió un frío por la espalda, y no por mí, sino por la irresponsabilidad frente a los demás a quienes se los había ofrecido.

Idiota, esos arbustos están al costado de estos caminos desde el comienzo de los tiempos; por algo no existe la tradición de comerlos! A quién se le ocurre llegar desde el otro lado del mundo para hacer experimentos sin informarse antes?

A Dios gracias, lo que mis manos irresponsables habían  recolectado era Sambucus nigra y no Sambucus ebulus (llamado Ebbia en Italia, y saúco menor , yezgo y montón de nombres más en español) que es el peligroso.

A los pocos días, en el programa de la RAI, de alto raiting, La Prova del Cuoco, prepararon justamente un risotto de saúco, y en ningún momento nadie aclaró los riesgos. Me llamó la atención.

Yo no sé si hay saúco en Argentina; de vez en cuando veo mermeladas hechas con sus bayas, así que deduzco que hay. Por si se encuentran en frente a este arbusto perfumado, aquí algunas diferencias:

Saúco
Se desarrolla como un gran arbusto, casi árbol, muy ramificado. Las ramas pueden ir hacia el suelo.

Desarrolla inflorescencias por toda la superficie de la planta.

Troncos leñosos y rugosos.

Inflorescencias muy grandes y redondas.

Flores completamente blancas.

Yezgo

Puede crecer hasta 2 m, pero no ramifica demasiado y las ramas permanecen altas.

Desarrolla inflorescencias sólo en la parte superior.

Tronco verde liso único.

Inflorescencias ovaladas.

En el centro de las flores (más grandes que las del sambuco) se ven tonos violáceos.

Los frutos del saúco y del yezgo son muy similares y acá es donde hay que tomar más recaudos. Igualmente, las  bayas del saúco se pueden comer sólo cocidas. Crudas son tóxicas.
Parece ser que su limpieza es ardua, por eso pocos hacen mermeladas.

Por último, muchos conocerán la Sambuca, un licor tan clásicamente italiano, pero que sabe a anís. Sé que se hace a base de anís estrellado, y no me queda claro si se usa saúco.

Links:
https://it.wikipedia.org/wiki/Sambuca_(liquore)

http://www.lifemarche.net/la-sambuca-e-la-mosca.html

Tonnarelli cacio e pepe

A Dani Ganum
Cacio e Pepe (8)
La Chitarra
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Le estaba sacando fotos a la chitarra antes de ponerme amasar y mi mamá me desalienta: vas a “poner” esta receta? Y quién la va a poder hacer si nadie tiene una chitarra?
Sentí el efecto, pero no me desanimé: no va a faltar alguien ingenioso que se anime a fabricarla, y también pensé que puede ser un buen incentivo para que algún viajero empedernido abandone la idea de volver a Roma-Florencia-Venecia y se aventure a la tierra adentro italiana donde va a encontrar juguetes como éste.
La chitarra, que significa guitarra, es en este caso un utensilio bello, de madera liviana, doble faz, con cuerdas tensas a ambos lados, y en cada lado distinta medida de espacio entre cuerda y cuerda.
Se ajustan con tornillos y se pueden “afinar” cuando por el uso la tensión cede.
Sirven, en definitiva, para tender sobre ella la masa de pasta fresca estirada y mediante palo de amasar ejercer presión de modo que los fideos caen a la bandeja de madera que está debajo de las cuerdas.

Como me gusta la pasta gruesa, cuando uso este artefacto suelo hacer tonnarelli, extendiendo primero la masa bien gorda (sólo dos o 3 pasadas por la máquina) y luego guillotinándolos con la chitarra optando por el corte  más grueso.
Queda una pasta rechoncha de perfil cuadrado.

Mi madre siguió descorazonándome, “y con esta humedad pensás amasar”?
Los días húmedos no son los más propicios para que se seque la masa, pero tampoco logró hacerme desistir, amasé contra humedad, lluvia y granizo y quedaron tan buenos que se terminó sirviendo dos veces.

Cacio e Pepe
Cacio e Pepe (2)
La forma tradicional de servir i tonnarelli es con cacio e pepe, que se pronuncia “Cacho e Pepe”, un nombre que puede sonar a título de vieja película de Porcel y Olmedo, pero que simplemente se traduce como queso y pimienta.
El  queso en italiano es más conocido con su nombre formaggio, palabra que proviene de forma, de horma, de donde también deriva el nombre francés, fromage , pero sacándolo de la forma, el nombre del queso en latín era casĕum que es de donde nacieron las palabras cacio, queso, cheese, Käse

La cacio e pepe es un aderezo para la pasta todo técnica, y que lleva únicamente esos dos ingredientes, queso rallado y pimienta, a los que se le suma uno más:
el agua de cocción de los fideos, un elemento no tenido en cuenta como se merece.
Nada más que eso: ni aceite, ni manteca, ni crema de leche, ni grasas, ni siquiera sal en la pasta.

Tonnarelli cacio e pepe
Para 2 ó 3 personas

Para los tonnarelli
200 gr de harina (2 tazas)

2 huevos
Si no se quiere amasar, pueden usarse fideos secos largos, como spaghettoni o spaghetti

Para la cacio e pepe
Pimienta negra en granos
 <– se puede experimentar con otros picores también, o pimentas mixtas
5 ó 6 cucharadas soperas repletas de queso rallado <– le iría pecorino romano, pero no tengo, entonces usé un queso sardo no totalmente madurado. También con el queso se pueden probar un sinfín de alternativas. Basta que a nadie se le ocurra usar esos sobrecitos de aserrín, que no son queso, y es importante además que sea un ejemplar bastante maduro, no quesos blandos, ni super estacionados.
Agua de cocción de la pasta

Amasar la harina con los huevos hasta obtener una masa homogénea.
Dejar reposar la masa una hora al menos.
Cortar en trozos.
Cacio e Pepe (17)Extender con máquina de modo tal que quede con un buen espesor (le di sólo 2 pasadas).

Cortar con la chitarra o en su defecto enrollar cada lámina y cortar a cuchillo.
A partir de acá se trabaja en paralelo con 2 hornallas.
En una tendremos una olla con agua hirviendo y en la otra una sartén amplia en la que moleremos en el momento una buena cantidad de pimienta.
Simultáneamente al costado tendremos un cuenco con el queso rallado.
Cacio e Pepe (26)Mientras echamos los fideos, en la sartén se irá calentando la pimienta y liberando todo su aroma.
Cacio e Pepe (29)Agregar a la sartén con la pimienta un par de cucharones del agua hirviente.
Dejar reducir mientras los fideos se siguen cocinando.

Agregar un cucharón de agua caliente de cocción al queso rallado y mezclar hasta obtener una crema.
Cacio e Pepe 1Cuando los fideos estén a mitad de camino, los sacamos del agua con la ayuda de una pinza y se los entregamos a la sartén donde los espera la pimienta.
Vamos mantecando la pasta en la sartén agregando agua de a poco hasta completar la cocción.

Un minuto antes, agregamos la crema de queso y seguimos mezclando y sarteneando de manera que la pasta suelte su almidón y que junto con el queso y la pimienta formen una crema.
Cacio e Pepe (7)Al servir se completa con molido final de pimienta sobre el plato.

Parece complicado, pero es cuestión de tener todo dispuesto y animarse.
¿No se entendió? Tienen razón, viéndolo es más fácil:
https://www.youtube.com/watch?v=s9Kd-0FiICw

Una vez que se saca la técnica, el plato resulta fácil de hacer, con pocos recursos, casi siempre a  mano en casa.
Delicia pura.