Kaupé, Ushuaia

Hacía 13 años que no iba a Ushuaia. Y cuando había ido ésa y otras veces, algunos años antes, había resultado imposible volver a recorrer los lugares que habían sido “míos” 30 años atrás, cuando joven me fui a trabajar una temporada.
Allí casi ni leía diarios y no me enteraba de nada. Supe de la caída del Muro de Berlín por boca de unos turistas alemanes que creí me estaban cargando, pero por la impasividad de sus rostros tuve que creer que había sido así nomás.

Ahora volví por 5 días. No sé si cuando ustedes salen de viaje están siempre contentos y de buen humor; yo los dos primeros días me los pasé embroncada. Ushuaia está enorme. A fines de los ’80 la ciudad había empezado a crecer mal y se veía venir una explosión urbana desmedida, no planificada. Desarrollaron barrios nuevos preciosos, y hasta monoblocks “de diseño”, pero ciertas zonas son muy tristes, y la herida fatal que le han inferido a una parte del bosque alto para instalar un asentamiento clandestino, no tiene perdón de Dios. Sumemos a esto la convivencia incongruente de la actividad industrial con su rol de destino turístico internacional por ser la ciudad más austral del mundo y el principal punto de partida de todos los cruceros del mundo que zarpan a Antártida.

Miles y miles de personas, año tras año, atraviesan ecuador y trópicos y husos horarios con el fin de recalar en esta isla, trayendo quién sabe qué mitos y expectativas, para finalmente toparse con una aglomeración de containers instalados en pleno centro, frente al mismísimo Hotel del ACA.

Cuando el enojo me colmó, empecé a calmarme y ahí mis ojos pudieron redescubrir el magnetismo encantado que a pesar de todo, se obstina en reinar, por sobre todas las fealdades de la civilización, o de la barbarie.

Ushuaia y toda esa parte de la Tierra del Fuego es muy distinta al resto de la Patagonia. Distinta su luz, larga y tenue en verano (no la conozco en pleno invierno), que hace que uno salga a cenar y a caminar después, sin que nunca anochezca. Distinto su verdor, mono-tono, sin ser monótono, porque uno no se cansa de posar la vista sus bosques tupidos de hojas minúsculas y en sus árboles “bandera”, despeinados por los vientos.  Distintas sus costas marinas montañosas, como no las tenemos en ningún otro punto del país-, cercadas por ese escollo pertinaz y melancólico que es la isla chilena de Navarino, ahí nomás, frente al Beagle. Extrema en sus valles de turba, de tonos musgo-oxidados, que dan ganas de zambullirse en ellos y saltar como en una cama elástica. Taciturna en las interminables franjas grises de troncos muertos a lo largo de los ríos, consecuencia de la febril actividad de los castores. Y su Monte Olivia, tan majestuoso y solemne que se erige por encima de todo, como si tendiera en su estremecedora belleza un manto de piedad sobre los pecados del cemento.

Creo saber cuándo empezó a ceder mi enojo: fue la noche (noche soleada) en la que pasé de curiosa delante del Restaurante Kaupé y cautivada decidí entrar inmediatamente.  La casa, vista por fuera pintaba demasiado romántica como para entrar sola, pero a la vez era eso, una casa, que invitaba a refugiarse del frío y de la soledad en ella. Ahí me reconcilié con el lugar y conmigo misma.

En Kaupé la familia Vivian prepara con respeto y sencillez los frutos de los mares del sur. También hay platos más populares y a precios no exorbitantes. Hay que pensar que todo en Ushuaia es más caro, sobre todo por su aislamiento. Recordemos que yendo por tierra, hay que cruzar en balsa por Chile a través del Estrecho de Magallanes.

Destaco este tentáculo de pulpo, plato del día que tenía su piel crujiente, dulce, impregnada en ese aceite pimentonado, y un interior de carne tierna y sabrosa. Tras él no me quedó resto más que para un sorbete de limón.
Los pancitos, tan livianos que temí que se elevasen del platito. Los ventanales se describen bien con las imágenes. Y la atención permanente, sonriente y amable.

https://kaupe.com.ar/

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