El desvío. Viaje inesperado al corazón de la Basilicata (2)

Blood is thicker than water

Francesco Antonio Vito Roseto
Nos levantamos temprano y sin despertador. Ése era el día.
8:30 habíamos bajado las escaleras de casa y las de enfrente de la calle y entramos al registro civil de la municipalidad.
Una empleada austeramente seria nos atendió.
“Venimos de Argentina. Estamos buscando datos sobre Francesco Roseto, nacido en Terranova di Pollino el 8 de enero de 1903”.

La respuesta que nos devolvió la mujer fue tan tajante como asombrosa:

“Sí, sé a quién están buscando, sé de quién se trata”.

“… pero no, cómo haría Ud. para saberlo? No puede ser!, no puede ser!!”

“Francesco Antonio Vito Roseto. Tuve su expediente en mis manos no hace mucho.
Sé quién es”.

Las misteriosas razones por las que esta mujer ya lo sabía todo… no me es dado revelarlo.
Verdad es que en menos de un minuto se fue y reapareció ante nuestros ojos atónitos con el acta de nacimiento en sus manos.
Sacudía el expediente, irritada.
“Ustedes, los argentinos, tramitan ciudadanía a distancia, sin siquiera conocer dónde nacieron sus antepasados, sin ningún vínculo con Italia, más que la ambición del salvoconducto que les permite un montón de prerrogativas. Y para colmo ejercen derecho al voto, que implica un gasto estatal ingente!, para votar a quién??? Si desconocen la realidad en la que estamos sumidos!”.

Se despachó con todo. Se ve que tenía estos pensamientos atragantados y caímos justo.
Bibi y yo nos miramos y al unísono le dimos la razón.
Nuestra visión era la misma.
Pero todo su discurso sonaba como desde otro lugar…  es que estábamos pasmadas, no había rescate posible de nuestro asombro. No podíamos entender que lo que habíamos ido a buscar estaba ahí, listo, solamente aguardando nuestra llegada. Como si todo hubiese estado concertado, arreglado hasta en el más mínimo detalle. Era bastante inverosímil. Todo.

A la partida de nacimiento no le faltaba nada: constaba que el bisabuelo de Bibi era mucho mayor su esposa (pero eso Alba ya lo sabía), que era propietario de inmuebles (también lo sabía), y figuraba la dirección de la casa donde Francesco había nacido, un dato precioso, porque Alba nos había dado la clave que la casa paterna era de tres pisos y de piedra… igual que la mayoría del resto de las otras casas viejas..

La empleada, quizás conmovida al percibir nuestra propia conmoción, nos dijo, más calma:
“Si quieren, vénganse a las 6 de la tarde, que cuando salgo las acompaño a ver la casa”.

“Pero no, vamos a querer ir ya mismo a verla, no se preocupe”.

“No les va a resultar tan fácil encontrarla”.

“Vamos a intentarlo! Tenemos todo el día para dar vueltas y buscar!”.

Salimos de ahí agradecidas y completamente estupefactas.
Quedamos con la mandíbula caída, sin remedio, borrachas de incredulidad.

Nos fuimos a la florería-verdulería, Bibi eligió una orquídea que hizo envolver como obsequio y juntas la llevamos al Municipio.

Gina, que así se llamaba nuestro ángel, no quería aceptarla, pero pidió que la dejásemos sobre un escritorio, porque estaba ocupada. La expresión de su mirada, ya era otra.

La casa natal de Francesco Antonio Vito Roseto
Salimos de nuevo, directamente en busca de la casa natal.  Via Margherita 2. Tan difícil no podía ser al fin y al cabo, pero le preguntamos a Waze y se mareó. Le preguntamos a Google Maps, y nos condujo hacia un sector, pero después no daba y no daba en el punto.
A todo esto, estábamos en la parte alta del pueblo, en medio de esas callejuelas retorcidas y en pendiente, donde se entrecruzan y es un bardo. Íbamos y volvíamos sobre nuestros pasos: cómo pasar desapercibidas? Y que además, la gente de los pueblos del sur no hace demasiado por contener su fisgoneo: “qué están buscando?”. Te interpelan a quemarropa.

“Buongiorno, estamos buscando Via Margherita 2”

“Pero quiénes son ustedes?”

Ahí ya teníamos a una señora asomada a la puerta, a su vecino en el balcón y otros ojos mudos seguramente apostados desde otros ángulos. Les explicamos la historia, discutían entre ellos. Que es por acá, que es por allá, que mi nuera es argentina, que tengo parientes en Villa Martelli…  (parecieran creer que los emigrantes fueron a parar todos a una mega-sucursal del pueblo natal, que en Buenos Aires estamos todos cerca, y que nos cruzamos cada mañana en el café).

Seguimos buscando por las calles de más arriba. Ahí la gente resultó un tanto hostil, pero dimos con Via Margherita, 2. Era una casa de tres pisos y de piedra. Bibi sacó unas cuantas fotos para su mamá, y seguimos paseando.

Después del mediodía, fuimos hasta el cementerio, en las afueras, en busca de la lápida un tío abuelo de Bibi, que no encontramos. Decidí volver porque hacía calor; Bibi, en cambio, estaba tentada por los bellísmos senderos que se abrían hacia la montaña y hacia el valle, donde estaba el río. Yo no tenía siquiera calzado apropiado para esos desniveles, así que la dejé sola.
Ya “en casa”, escuché el timbre. Contesté con sorna, suponiendo que sería Bibi, quién si no? Pero era… Gina! Nuestro ángel de la municipalidad!

“Si pueden, estén en la puerta a las 6 de la tarde, que creo tendré una sorpresa”.
“Desde ya, Gina, pero cuál es la sorpresa?”

Estaba por proferir un atisbo de respuesta, cuando la vimos llegar a Bibi, y calló.
Gina volvió a su trabajo y Bibi y yo otra vez pasmadas: qué se traería entre manos esta mujer???

La sangre no es agua
A las 18:00 estábamos ahí, firmes como rulo de estatua. Gina se demoró unos minutos, que nos parecieron muy largos. Cuando llegó, con una sonrisa bondadosa inmensa, nos condujo hasta la plaza. Ahí, en el centro, frente a la fachada de la iglesia, nos pidió que esperásemos a que concluyera la misa.

Entre de toda la gente que salía, se nos acercó una mujer.
“Ella es Rosellina, prima segunda de tu mamá”.

Gina se había tomado el trabajo de buscar a la familia y de ponerla en contacto.
Rosellina y Bibi, después de saludarse, comenzaron a hablar con un código común sobre los recuerdos de su madre y Rosellina, constando y ampliando con detalles toda esa información, que a Bibi siempre la había sonado a fábulas de su madre, y que ahora encontraban su correlato en la realidad, si es que se podía catalogar como real a esa situación tan insólita. Francesco Antonio Vito había muerto joven, antes de que Bibi naciese. La madre de Francesco, anciana, quien vivía en Terranova, no soportó esta pérdida, y Rosellina relataba a Bibi cómo ella llamaba a su hijo “Vitino, Vitino”, para partir tras él 6 meses más tarde…

Alrededor, empezaron a congregarse curiosos. Un par de señoras, que juro que coreaban: “nosotras también, nosotras también queremos ser parientes”.
En el colmo de lo increíble, se nos sumó el cura, Padre Pablo, que era… entrerriano!!!, que hacía 8 años que era el párroco del lugar! Aparecieron también, no sé de dónde, todos los vecinos que habíamos visto a la mañana cuando buscábamos la casa, con sus propios parientes, incluyendo la nuera argentina de la señora María. Éramos una multitud, y alrededor, por afuera, había también curiosos que no entendían nada o recibían la información de segunda mano.
Al otro lado del teléfono de Bibi, estaba, en llanto, la protagonista de esta historia:
Alba.
Terranova (20)Luna Rossa
Cuando se calmó un poco ese bardo, Gina nos preguntó: “encontraron la casa donde nació el abuelo? Es para allá”. El sentido que indicaba… no era donde habíamos estado esa mañana, así que todos en masa fuimos tras ella en busca del verdadero domicilio. Evidentemente, habíamos ido a parar a cualquier lado, aunque juramos que era una Via Margherita 2!  Ésta casa era mucho más linda. No estaba habitada, tenía encanto. Bibi sacó nuevas fotos, creo que con el pulso trémulo de tanta emoción.
Terranova (18)Gina nos invitó al bar con Rosellina para un brindis.
Chocamos las copas y las invitamos, a nuestra vez, a tomar un cappuccino a la mañana siguiente antes de partir.
Los corazones seguían latiendo a pleno galope.

Ya en casa, Bibi, escéptica como es y fue siempre, me decía que si alguien le contara una vivencia como la que estaba atravesando, no creería nada; le parecerían los bolazos de un megalómano.

No teníamos mucho tiempo para ahondar en nuestra propia conmoción, porque teníamos que prepararnos para salir a cenar.
El estado de euforia nos terminó retrasando, pero un poco tarde, llegamos.
Federico Valicenti (3)El restaurante Luna Rossa tiene una terraza asomada a la montaña con el panorama del cañón abrupto y las montañas que se elevan majestuosas al frente. Pero la temperatura baja de la noche nos mandó a repararnos dentro del salón.

Unos amigos del cocinero hacían sobremesa. Se fueron pronto, y quedamos las dos solas. Era un día de semana, muy tranquilo, y medio tarde. Teníamos toda la atención puesta en nosotras, incluso la de Federico Valicenti, el chef.

Italia es cosa seria en materia gastronómica. Uno se adentra en sus recovecos montuosos, lejos de las urbes, y cuanto más se aísla, más frutos bondadosos de esas tierras va a encontrar, eso es sabido, pero no esperábamos toparnos con platos de alto diseño en un sitio tan alejado.

Federico Valicenti es un enamorado de su tierra y de los innumerables recursos que territorio y tradición ponen en sus manos para enaltecerlos.
Federico es un apasionado de la historia que a lo largo de siglos y milenios transcurrió en medio de esas montañas, y le gusta autodefinirse como “cibosofo”, cibo=alimento, un filósofo de la gastronomía.

Su cocina está hecha de peperoni cruschi, ciambotte, escabeches de mondongo, antiguas pastas de antiguos granos. Hay mosto cotto, cordero, verduras campestres, pistachos, cordero, ricotta, canela, liquirizia… transformados a través de su propia concepción y creatividad personal.
Su nombre es un renombre en la gastronomía italiana, y como se ve en las fotos, también en las guías Michelin.

Se acercó a la mesa para saludarnos y preguntarnos quiénes éramos y de dónde veníamos.
No tardé en hacer gala de mi torpeza:
“Qué nos recomienda?”
“Todo, naturalmente”.
Empecé por tragar mi propia pregunta, pero la conversación continuó por un camino en el que apareció el nombre del historiador Massimo Montanari. En ese momento, Federico, se sentó en nuestra mesa y no nos abandonó en toda la velada. Yo quería escucharlo y a la vez saborear cada paso del menú; se complicaba hacer todo, pero ganó Federico: tan agradable era su presencia, que realmente tenerlo sentado frente a nosotras, fue una experiencia que superó su propia comida.

Valicenti me agasajó con un tesoro:  fuera del menú degustación, que habíamos elegido, había ammollicata d’agnello, un empanado de cordero o chivo con papas que hacía mi abuela y que desde que ella no está, intentamos replicar en la familia, sin obtener el mismo resultado. Hice alusión a eso, y Federico, antes del postre, hizo traer sendas degustaciones de ese plato.
Cuando probé “eso”, sólo atiné a musitar “nonna!”, y él a responder “…grazie!!

Fue el 26 de abril de 2018. Desde el alba y hasta la medianoche, un día inolvidable.

Abstinencia
A la mañana siguiente, tal como habíamos concordado, nos tomamos un cappuccino con nuestras ya amadas amigas-parientes Gina y Rosellina; pasamos a despedirnos de nuestros amigos Daniela, Nicola y Lillina, dell’Osteria del Baccalà, y con pesar partimos  cuesta abajo… de vuelta al mundo real.

Ese día nos esperaba la ciudad de Matera, meta pétrea y enigmática, y los extraños Trulli di Alberobello.
Todo cumplimos en recorrer, como una tarea asignada, pero nada ya para Bibi tuvo el mismo sabor.
Ese día y el siguiente, cada cosa parecía tener gusto a poco, a cosa armada, a plan turístico.
La abstinencia del Pollino le produjo un bajón que no tardó en contagiarme.
Por suerte el circuito estaba llegando a su fin.
Remontar y empardar el éxtasis de los días maravillosos pasados,  de esa corriente espontánea de afecto caída del cielo, era una misión imposible.

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