Sopa de zanahoria, hinojo y jengibre

b82a7747ad7b01e84294502dec6b4499Hace poco más de un año partí con un bolsito a recorrer algunos puntos de la Argentina recóndita; destinos de una belleza inaudita y perturbadora todavía no accesibles para el turismo organizado y que precisamente por eso son un privilegio ver.

Uno es Payunia, oscuro territorio volcánico entre Mendoza y Neuquén, con más de 800 cráteres “extintos”;
El segundo: la Laguna Brava, paraje de la Puna riojana.
El tercero, el Campo de Piedra Pómez catamarqueño y toda la parte de Puna que se visita desde Antofagasta de la Sierra, pasando por Antofalla.
¿Qué decir? Un territorio mineral dantesco, con una diversidad de volcanes, lagos de colores insólitos, salares, dunas y glaciares colgantes iluminados por un sol implacable y un cielo azul impoluto.

Para terminar la serie, me desvié y recalé en Los Antiguos, en el extremo norte de Santa Cruz de la Patagonia. Una aldea deliciosa, literalmente, porque está surcada de ciruelos y cerezos. Llegué hasta allí porque hacía tiempo que quería conocerla- y llegar no es fácil-, y porque quería cruzar desde ahí a Chile para visitar las Cuevas de Mármol, de las que me habían hablado unos japoneses y que ni siquiera había jamás oído nombrar.
Creo que las imágenes son más elocuentes que lo que mis pobres palabras puedan expresar.

La cuestión es que durante ese periplo los días de excursión eran largos. Se partía temprano y se regresaba casi de noche. Muchas horas al aire libre, respirando aire de una pureza olvidada, andando y sintiendo el éxtasis ante cada paisaje inesperado y sorprendente.
Volver tarde al hotel era refugiarse al calor, preparar la mente para otro día de exploración y reparar el cuerpo con ducha, cama y antes con una cena caliente después de haber almorzado las benditas viandas frías en medio de esas nadas maravillosas.

En el camino de vuelta de cada día, mi alma gorda no dejaba de pergeñar su recompensa en un buen plato. Soñaba con polenta, con guisos, platos suculentos, de olla para comer con cuchara. ¿Qué más reparador que una crema? que una sopa? Pero al tiempo que se me hacía agua la boca, sabía que no tenía que ilusionarme. En los restaurantes de Argentina se come carne: asado, milanesa, bondiola, pollito, matambre, achuras, o si no, un plato de pasta de factura incierta para mis expectativas.

Las comiditas que yo deseaba se hacen en casa, nadie las ofrece en la carta porque quien sale a comer no las pide. Los restauradores de estos parajes remotos tendrían, sin embargo, que tener piedad del viajero que añora su comida casera estando a miles de kilómetros de casa.

Recuerdo que entré a la Hostería Antigua Patagonia en Los Antiguos después de haber visitado las Cuevas Mármol. Subía las escaleras y en mi mente se hizo una imagen de sopa de zanahoria, hinojo y jengibre. Ahondar en los detalles de esa composición era masoquismo gratuito porque sabía que no tendría ni ese potaje, ni ningún otro esa noche, pero me prometí intentar hacerla una vez de vuelta a casa.
Así fue. Busqué en Google: encontré hinojo y zanahoria por un lado y jengibre y zanahoria por el otro. Los 3 ingredientes juntos no, sin embargo encontré una receta que pegaba en el palo pero con agregado de naranja. Me tentó, la hice (con naranja + mis 3 ingredientes) y el resultado fue decepcionante y desagradable. Ahí desistí por el resto de la temporada.

Hace unas noches atrás, volviendo tarde del trabajo a casa con mucho frío, el trío se volvió a presentar en la mente y se ve que todo estaba predispuesto por el destino porque cerca de casa y fácilmente conseguí lo necesario.
Llegué armada con eso a casa y le di una segunda oportunidad: me gustó tanto que ya es la tercera vez que la preparo en pocos días.
A ver si les gusta:

Sopa crema de hinojo, zanahoria y jengibre

1 bulbo de hinojo
2 zanahorias
2 rodajas de anco (o algún otro zapallo)
1 diente de ajo
1 trozo de jengibre del mismo tamaño del diente de ajo
1 cebolla
Unas hojas de perejil
3 cditas de miel
1 cucharada de aceite de sésamo tostado
Aceite de girasol
1 litro de agua filtrada
Sal gruesa

Corté en daditos las zanahorias y el zapallo y los puse a hervir en el agua filtrada. La sal gruesa la agregué cuando se declaró el hervor.

Mientras tanto, piqué el ajo y el jengibre juntos.
Los puse a dorar apenas en el aceite de girasol.
Ahí agregué la cebolla, también picada, seguí la cocción hasta que todo tomó color y retiré del fuego.
Limpié el hinojo, lo piqué, lo agregué a lo anterior, volví a llevar al fuego e hice cocinar el durante unos minutos.
Añadí la miel y dejé unos minutos más hasta que el hinojo estuvo tierno.

En ese momento, la zanahoria y el zapallo ya estaban cocidos.
A esa cocción sumé el hinojo, las hojas de perejil y procesé todo.

Al servir rallé un toque más de jengibre fresco y agregué hojitas del hinojo.
No lo hice, pero no dudo que al todo le deben quedar formidables unos maníes tostados, salados y picados de forma rústica.

A todo esto, la preparación del hinojo con ajo, jengibre, cebolla y miel me disparó otras ideas que iré explorando próximamente y que pienso compartir, siempre que logren aprobar.

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