La Sala delle Torture

La Sala delle Torture 1 (2)

Guido se avergonzaba un poco cuando caminábamos juntos, por cualquier lugar de Italia, y yo de pronto quedaba paralizada frente a una vidriera de confitería de esas ambientadas por Perugina, Caffarel o Alemagna.

Pero qué hacés? Nadie se queda parado mirando una vidriera semejante!

Pasticcerie-italia-Pasticceria-Dalmasso-Avignana
Foto: www.italiasquisita.net

Y recién entonces noté que era verdad: yo era la única marciana que se detenía ante ese espectáculo, indiferente o parte de la normalidad para cualquier italiano, maravilloso para mí. Es que si algo me deja admirada toda y cada vez que piso suelo italiano es la fórmula BELLEZA+CALIDAD. En la indumentaria, en la comida, en el diseño de interiores, en los autos, en los cuadernos, las vajillas, los manteles, la ropa de cama… y que se funda en la atención en los más mínimos detalles. Entro a una confitería, pido una bandeja de pasticcini primorosos y no sólo los dulces están confeccionados minuciosamente: la bandeja de cartón encerado, la cinta para embalar y el papel de delicados logos dorados, agradable al tacto y al oído cuando cruje, el mostrador de mármol en el que embalan, la heladera de diseño que exhibe el resto de los dulces, el mobiliario de madera, el delantal blanco de la vendedora… hasta el más mínimo detalle habla de la concomitancia de pasado-tradición-historia y saper fare con modernidad-savoir faire-buen gusto y joie de vivre.

El pasado está inevitablemente presente, y cómo no, con semejante patrimonio histórico delante de las narices, con las calles de Roma que de tanto en tanto están obligadas a sortear alguna columna antigua que aflora de la nada. Y sin embargo, no están anclados en ese pasado: son modernos, vanguardistas, siempre innovadores. No pueden prescindir de la Historia, pero no caminan mirando hacia atrás. La Historia la llevan (y la cargan) a sus espaldas, pero la mirada está puesta hacia adelante.

La sociedad italiana tiene montones de graves, gravísimos defectos, muchos de los cuales supieron encontrar acá, en Argentina, un lamentable desarrollo y perfeccionamiento. Pero esa exigencia, esa convivencia con la calidad es un valor que había llegado también a estas tierras de la mano de la inmigración y que se esfumó.

Argentina supo tener casi todo para apuntar a la calidad, pero el nuestro es como un destino de permanente berretización. Un emprendimiento comienza con buenas intenciones y los avatares económicos, escasez de materia prima, tecnología, mano de obra, encarecimiento de los insumos, lleva al productor poco a poco a rebajar la calidad de su artefacto, al límite de su propia humillación. O desaparece.
Compramos un comprimido en la farmacia y no hay manera de abrir la cápsula de plástico sin romper el contenido, un yogurt tiene el cerramiento de aluminio que corta la piel de tan filoso, una hebilla para el cabello está hecha con metal de tan poca elasticidad que en cuanto se separa con los dedos para enfilarlo se parte en dos…

¿Es el nuestro un destino inevitable? Me resisto a resignarme, y que nadie venga a decirme “si no te gusta andate”, ¿Con qué derecho? Acá nací, crecí, recibí una educación pública que era de excelencia y aspiro todavía y a pesar de las oscuras perspectivas a que este país recupere su pasado de esplendor. Hoy me suena a utopía, pero creo que a eso tendríamos que apuntar en cada cosa que hacemos, en cada gesto.

En Italia por supuesto que existen la exageración, la ostentación y la banalidad, y asimismo las corrientes migratorias están produciendo un cambio en la sociedad y en las cosmovisiones que el tiempo dirá en qué devienen, pero en Italia la belleza y la buena vida cotidiana no son un lujo, son una norma, un principio común a todos y para (casi) todos.

Me marcó tiempo atrás un artículo periodístico escrito por Claude Jeancolas publicado en Marie Claire Italia y que comparto al pie. Ahí relata su experiencia cuando visito la fábrica de Poltrona Frau, una histórica y eximia fábrica de sillones y butacas.

“Hace algunos meses, hice una visita mágica a las Marcas. Allá se encuentran viñedos que producen uno de mis vinos preferidos la Lacrima di Morro d’Alba. Pero allá se encuentra también una de las joyas de las empresas de design italiano: la Poltrona* Frau. Piensen que viste las mayores salas de espectáculo del mundo así como los interiores de la Ferrari!

Hubiese bastado menos para mi curiosidad natural. Grandes edificios limpios, una atmósfera serena, casi tranquila, cada uno en su trabajo, concentrado y preciso. Los hombres martillan, las mujeres cosen, el trabajo ha estado cerca del artesanado y se ve en los gestos suaves y acariciantes, el amor por el oficio y por el material. Todo esto me maravillaba pero no me sorprendí. Mi gran estupor fue entrar a la sala prohibida, el laboratorio del control.

Ruidos, máquinas, luces, calor entre Zola* y una sala de body building. Un hombre de camisa blanca controlaba un ejército de esclavos, una verdadera sala de torturas, cada pluma, cada centímetro de cuero, cada estructura de madera es llevada al suplicio. Allá una máquina dobla 200 veces su muestra de cuero para verificar su resistencia. Allá una cámara climática somete una silla desde -20 a más de 100 grados para verificar su reacción. Allá una prensa de 100 kg imaginada como nuestro trasero, cae cada 30 segundos sobre el asiento de una silla para medir la resistencia al uso frecuente.

Por otro lado es un almohadón de plumas aplastado cada 50 segundos el que debe retomar su volumen original en menos tiempo, medida de la elasticidad. Allá abajo, la sumisión de un rojo a la luz del día intenso y prolongado para medir la firmeza de la coloración. Aquí, una muestra de algún centímetro estirado hasta el desgarre. Más allá un prototipo de madera del cual se calcula la solidez ante los golpes.

Y aun un asiento rebatible levantado 100 mil veces y que vuelve a caer… He visto al el microscopio el cuero vaqueta flor y que asemeja a un tejido de trama gruesa contrariamente a la corteza de cuero que parece un cartón áspero. He visto la tintura en espesor. Hice que me detallaran las 20 etapas del trabajo del cuero antes de su entrada a la fabricación del sillón. He aprendido que la elasticidad de un almohadón depende de la mezcla de las diversas plumas en equilibrio magistral… y las máquinas se extenuaban en violencias, golpes, suspiros. Me quedé, sádico, a contemplar por una hora los sufrimientos de las creaturas de la Poltrona Frau. Entendí de golpe todo lo que quiere decir calidad y los cuidados necesarios en la elección de los materiales y en la verificación continua de las resistencias”.

Claude Jeancolas – Marie Claire – Junio 2008 (Edición Italiana)

* Poltrona = sillón.
* Émile Zola

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